De este modo
habló un halcón a un ruiseñor de
variopinto cuello, mientras lo llevaba muy alto, entre
las nubes, atrapado con sus garras. Este gemía
lastimosamente, atravesado por las encorvadas uñas
y aquel, lleno de orgullo, le dirigió las siguentes
palabras:
-Infeliz, ¿por qué chillas? Ahora te tiene
en su poder uno mucho más poderoso. Irás
a donde yo te lleve por muy cantor que seas; me servirás
de comida si quiero o te dejaré libre. ¡Necio
es el que quiere ponerse a la altura de los más
fuertes! Se ve privado de la victoria y además
de sufrir humillación, es maltratado.
Así dijo el halcón de rápido vuelo,
ave de amplias alas.
Hesíodo. Siglo VII a. C.
Los estudios
dedicados al cuento como género y como fenómeno
literario han sido pocos y tardíos. Durante muchos
siglos el cuento fue considerado como un género
literario popular o infantil. No fue recogido por la
literatura culta hasta el romanticismo, lo que hace
que no tenga estudios y críticas filológicas
hasta bien entrado el siglo XX, en el que escritores
e intelectuales como Baquero Goyanes, Cortázar,
Menéndez Pidal, Francisco Ayala o García
Márquez han analizado y dignificado el género,
considerándolo ya como independiente y con características
propias.
Generalmente cuento ha sido un término empleado
para designar varias cosas, lo que hace que aún
sea más confuso desentrañar o denominar
adecuadamente este género. Cuento es sinónimo
de chiste para muchos hablantes de castellano; cuando
alguien habla mal de otras personas o inventa chismes
se dice que son “cuentos”; a los parlamentos
fatuos también se les llaman “cuentos”,
a los engaños “no me vengas con cuentos”.
Así vemos como popularmente se ha jugado con
la palabra cuento para designar hechos o géneros
literarios considerados menos dignos o inferiores. “Vivir
del cuento” es, quizá, una de las frases
más populares para designar a los vividores y
charlatanes que usan la palabra como fuente de ingresos
y buen vivir.
Pero lo que nos interesa en este artículo es
la dimensión y la importancia que ha tenido el
cuento como manifestación literaria popular y
su incrustación en la literatura escrita. De
lo oral a lo escrito hay muchos pasos, pero es notable
como los textos escritos se han nutrido de la fuente
inagotable de los textos orales. Podemos encontrar muchas
diferencias, pues como dice Antonio Rodríguez
Almodóvar “la literatura oral lleva consigo
su propia manera de aprenderse y de gazarse, tal como
ocurría en la calle o en aquellas tertulias”
. Lo oral se convierte luego en materia escrita y es
otra la forma de conocerlo y de gozarlo. Tanto los escritores
de la actualidad, como es el caso de Gabriel García
Márquez, como los clásicos del Siglo de
Oro, Lope de Vega o Cervantes, han empleado el texto
oral como materia básica de sus textos escritos
o han reelaborado e incrustado textos de la tradición
oral dentro de sus obras literarias.
El cuento, desde la antigüedad, se ha incluido
en grandes colecciones como las que provienen del Oriente.
Son ejemplo de ellas el Sendebar y el Calila e Dimna,
que provienen de la India, y entran en España
desde la Edad Media, a partir de su traducción
al árabe, en 1251 el Calila e Dimna y en 1253
el Sendebar. En ambos se incluyen cuentos unidos a otros
géneros menores como sentencias, comparaciones
o máximas. A partir de estos repertorios de apólogos
se adiestró la lengua castellana en la narración
artística y el diálogo. El Sendebar se
divulgó también por todo Occidente a través
de la versión denominada Historia de los siete
sabios. Pero antes de estos textos encontramos en nuestro
país la producción de un judío
llamado Mosés Sefardí, convertido luego
y bautizado con el nombre de Pedro Alfonso. Este converso
nos dejó, en 1106, un primer material narrativo
de origen oriental recogido bajo el título de
Disciplina clericalis, apólogo oriental que llegó
ser leído y conocido en toda Europa. Se tradujo
a todas las lenguas europeas, incluso a la islandesa.
No es extraña esta aportación ya que en
el siglo XII ya hay constancia de una producción
literaria hispanohebrea. Son pequeños textos
rimados con una estructura independiente. Estos textos
provienen de la literatura árabe que ya en el
período preislámico usaban la prosa rimada
para construir historias, proverbios o dichos de toda
índole. No podemos olvidar aquí el gran
libro que recopila todo el saber del oriente y la china,
Las mil y una noches, que aunque se diga que este texto
no fue conocido en Europa hasta el siglo XVIII bajo
la recopilación y traducción de Antoine
Galand, yo afirmaría que entró en la literatura
española desde mucho antes ya que podemos encontrar
influencias y cuentos de este libro en numerosos textos
españoles. Son estos ejemplos del valor del cuento
para las culturas antiguas y para las civilizaciones
del Oriente. En España se desarrolla una tradición
literaria que se apoya en la confluencia de dos culturas,
dada la convivencia durante siglos, que llevaron moros
y cristianos, en la península Ibérica.
Confluyeron, por esta causa dos formas rudimentarias
de narración, como son los apólogos de
influencia oriental por un lado y los exiempla, tan
característicos de la Europa cristiana por el
otro.
En al Edad Media europea abundan las colecciones como
el Decamerón, El conde Lucanor o Los cuentos
de Canterbury, que son los ejemplos más claros
de la influencia del cuento oriental en la literatura
europea. Pero hemos de recordar aquí que, ya
en La Odisea, se estructura esta gran narración
recurriendo a la incrustación de pequeñas
máximas o cuentos dentro de la narración
general, como ya estudiaron Kant, Donald Mc Grady o
María Rosa Lida de Malkiel incidiendo en la importancia
que tiene el cuento de origen popular en el desarrollo
de la literatura occidental. A partir de la utilización
del cuento en La Odisea, podemos encontrar numerosas
obras literarias de nuestra tradición clásica
que centraron su estructura en la utilización
del cuento o que recurren a este género como
elemento literario que se intercala para ejemplificar
o para distraer al lector de un argumento más
importante. Se ha pensado siempre que estos párrafos
son fácilmente suprimibles en la lectura de esas
piezas, pero sería un error pensar que estas
pequeñas estructuras, tan imbricadas en el desarrollo
argumental, no repercutan en el desarrollo de la acción
si se supriemen en la lectura. Este es el caso de El
Quijote, del Lazarillo o del Guzmán de Alfarache.
No sólo es en la novela donde podemos encontrar
y rastrear cuentos o máximas, pues nuestro teatro
clásico está plagado de ejemplos de la
utilización que hacen nuestros dramaturgos del
Siglo de Oro de este género dentro de los dramas,
llegando a cumplir una función pecualiar y muy
práctica desde el punto de vista teatral a partir
de la Comedia Nueva. Lope de Vega, Tirso de Molina,
Calderón o Rojas Zorrilla emplean el cuento como
recurso para dar lugar a la conversación espontánea
de sus personajes. Los estudios y trabajos acerca de
los cuentos folclóricos o populares y de la literatura
culta del Siglo de Oro demuestran que en los textos
de nuestra literatura áurea se han recogido muchos
textos de origen popular, para estructurar narraciones
más largas, para dar viveza al diálogo
o para aligerar argumentos más extensos y profundas.
Este hecho se ha constatado tanto en las narraciones
largas como en el teatro.
Todos los escritores del Siglo de Oro manejan cuentos
tradicionales y emplean en sus obras argumentos y cuentos
sacados del acerbo popular. “Montaigne, Shakespeare
o Cervantes: los ingenios que entre 1580 y 1620 dicen
al hombre quién es el hombre, se refieren, natural
y espontáneamente, al cuento tradicional. Y,
lo mismo que ellos, la generalidad de los hombres cultos”.
Ya desde el Renacimiento, tanto en Italia como en España,
los autores y eruditos conocen y ponen como ejemplos
los “aniles fabellae” (cuentos de viejas)
como cuentos que se cuentan a los niños y que
no tienen valor literario. El cuento para los eruditos
y escritores de nuestra cultura clásica es un
hecho que está presente en la cultura del pueblo,
pero no es consciente de que maneja una esctructura
literaria que se pierde en el recuerdo del mundo.
No podemos olvidar la gran influencia que tiene la iglesia
en la difusión del cuento, pues la estructura
de la liturgia católica y de la difusión
de las escrituras sagradas beneficia la estructuración
en forma de cuentos. Además de la incrustación
de exemplum en las misas y explicaciones de los sacerdotes,
la difusión de la Biblia con la gran cantidad
de cuentos o parábolas y la profusión
de géneros afines como las hagiografías
o las colecciones de milagros. Además se adecuan
al mensaje religioso muchas historias que provienen
de la Antigüedad, y que con su estructura sencilla
y temática de animales, fábulas o cuentos
orientales, contribuyen a explicar el sentimiento religioso.
Durante los siglos XII y XIII se aumenta este caudal
de cuentos religiosos, construyendo historias anónimas
sobre pobres, ancianos y niños que entran a formar
parte de un mundo literario hasta ahora poblado por
héroes o nobles. Así los aldeanos y personas
iletradas llegaban a comprender de una forma más
directa y fácil el mensaje religioso muchas veces
difícil y metafórico. “El mito narra
una historia sagrada; relata un acontecimiento sucedido
en el tiempo primordial, el fabuloso tiempo de los orígenes;
cuenta cómo, gracias a las hazañas de
los Seres Sobrenaturales, una realidad ha venido a la
existencia, sea esta el total, el Cosmos, o solamente
un fragmento: una isla, una especie vegetal, un comportamiento
humano, una institución. El mito, pues, es siempre
el relato de una creación: narra cómo
se ha producido algo, cómo ha comenzado a ser”
Desde la antigüedad, pues, encontramos numerosos
ejemplos de textos populares incrustados en las obras
literarias, en muchos casos sin saber el autor que estaba
recogiendo un texto del folclore universal. Así
en textos religiosos del siglo XI y XII encontramos
una historia que podría ser el embrión
del cuento de caperucita roja tan popular después
que lo recogieron los hermanos Grimm, se trata de “la
historia de una niña vestida de rojo que sale
a pasear por el bosque. Un día un lobo la encuentra
y se la lleva a su madriguera para que sirva de alimento
a sus lobeznos. Una prodigiosa intervención divina
hace que milagrosamente esta niña se salve”.
Es, como habíamos comentado, un predecente o
una primera versión de Caperucita Roja. Por otra
parte en muchos de los textos de fueros o leyes de los
reinos de Navarra o de Castilla encontramos incrustados
cuentos o apólogos que sirven de ejemplos para
mejor entender o ejemplificar la ley.
Estos son textos recogidos del folclore literario y
han pervivido de dos formas: por una parte se han popularizado
en la literatura escrita, sufriendo la transformación
que el autor culto ha hecho al fijarlos; por otra parte,
siguen perviviendo en la memoria del pueblo y son transformados
y contados. Conviven hoy día dos formas de cuentos
populares, los que se siguen contando aunque ya han
sido escritos en una época determinada y los
que aún se mentienen vivos exclusivamente en
la oralidad. Como dice Mº Jesús Lacarra
“cabe preguntarse si la popularidad de lo escrito
no habrá contribuido a crear un proceso de folclorización”
Como ocurre con el cuento de “La lechera”
encontrado ya en el Panchatantra, en el siglo III antes
de Cristo y que aún se sigue contando oralmente
en el floclore hispano.
Esta es una de las características más
importantes del cuento folclórico, su antigüedad
por una parte, pero, por otra su difusión en
el espacio. Cualquier cuento de la tradición
oral lo podemos descubrir en civilizaciones distantes
y comprobar que ha pervivido a través de los
siglos. Podemos encontar múltiples versiones
en lugares tan alejados y diferentes que nos es difícil
encontrar la relación. El relato de La princesa
rana, que se puede encontrar en pueblos tan diferentes,
y desde épocas remotas, como Rusia o Italia,
lo he recopilado en versiones diferentes y apasionantes
en la isla de La Gomera en las Canarias y en Chile,
en América. Bruno Bettelheim nos pone como ejemplo
la historia universalmente conocida de Cenicienta, comprobando
que es imposible saber cuándo sugió por
primera vez, ya que podemos leer una versión
escrita en China por un recopilador llamado Tuan Ch’eng-shih
hace más de dos mil años. Él mismo
manifiesta que se trataba de una historia muy vieja
que no sabía cuándo había nacido
y que se transmitía de generación en generación.
El cuento popular pertenece al mundo del folclore y
por esta razón ha sido siempre muy difícil
su estudio y catalogación. Se sitúa siempre
al lado de los mitos, cantares, leyendas, romances y
coplas que pertenecen todas al saber popular. Muchos
provienen de los mitos después de perder su carácter
religioso, y, por lo tanto, sólo sirven luego
para distraer. El cuento floclórico nace en una
tradición y cultura determinadas y se transmite
oralmente en las plazas o en los hogares.
El cuento es rápido y en él cabe todo,
como en la vida. Puede hablar de amor o de odios, de
animales o de hechos maravillosos, de aventuras extraordinarias
o de sueños íntimos. “Todo es cuento
en esta vida, ha escrito Rafael Conte, y lo mejor del
hombre y por donde mejor se expresa es através
de su capacidad de contar cuentos.”
Como hemos podido comprobar el cuento tiene independencia
como género desde la Edad Media, y mucho antes
en otras culturas como la hebrea y todas las culturas
orientales. Es una de las formas literarias más
difundidas y con las que más ha expresado la
humanidad sus deseos de convertir en expresión
artística los pensamientos, las dudas, los miedos
o las preocupaciones de los hombres.
Algunas
consideraciones acerca del cuento floclórico.
(Número 2 de 1999)
Ernesto Rguez. Abad
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