Me enseñaron desde pequeño que había cosas intocables, que nunca se podían traspasar ciertos límites, que el respeto al ser humano estaba por encima de cualquier color en la piel, de las creencias más profundas o de los ropajes con los que hombres y mujeres cubrieran sus cuerpos.
Recuerdo que, cuando yo apenas tenía cuatro o cinco años, vi a una persona muy allegada a mí enfrentarse a un policía que avasallaba a un desheredado de la vida. El pobre hombre no había cometido otro delito que beber un poco más de lo debido. El gendarme lo abofeteaba sin piedad. Aquella mujer le habló con coraje y paró el atropello.
Aquel día aprendí mucho sobre la dignidad, sobre la solidaridad y sobre la igualdad entre todos los seres humanos.
Nunca podemos perder el sentido de respeto que se merece toda persona, más aún cuando es un muerto el objeto de la vejación. Hace unos meses televisión emitía sin ninguna muestra de pudor unas escenas en las que se exhibía sin ningún respeto el cadáver del sátrapa Gadafi ultrajado por otros seres que, en aquel momento, también habían perdido todas las cualidades que los hacían humanos. Ni en la más disparatada y absurda película de serie b se podrían concebir escenas tan macabras. Pero estas eran verdad. Eran reales.
Y aquellos que le adularon y sonrieron ante sus excentricidades y tropelías, ahora aplaudían a los que infamaban las leyes mas básicas de la guerra y la rebelión. ¿No será que en Occidente la crisis no es sólo económica? ¿ No será que vamos ciegos y perdidos por un camino desconocido?
Hace unos días unos marines, representantes del poder de Norteamérica, cerraban la emisión de un telediario orinando sobre los cadáveres de unos talibanes. Tampoco había ningún pudor para emitir esas imágenes que hieren el espíritu de cualquier persona que no haya perdido la capacidad de asombro.
Jamás pensé que la humanidad fuese capaz de perder el sentido de esa forma. Jamás pensé que se pudiera analizar tan trivialmente como escuché a un político al decir que lo mejor era que cualquier atropello de este tipo ya no quedaba oculto, sino que, gracias a internet, se conocía en todo el mundo nada más perpetrarse.
Es asombroso que los que nos gobiernan no se sorprendan ya de la miseria del alma humana, es indignante que ya nadie grite ante la ocupación de territorios por imperios que pretenden seguir manteniendo su hegemonía. Es aberrante que haya países invadidos sólo por la riqueza que se puede encontrar en sus territorios. Y que quieran hacernos creer que la invasión se justifica para luchar por la libertad de los pueblos.
Es intolerable que se haya perdido incluso ese respeto al enemigo, ese código de honor que en las guerras impedía atropellar o mancillar el cadáver del hombre o de la mujer que había sido tu enemigo.
Antígona, en la antigüedad, se enfrentaba a su tío y rey para honrar el cadáver de su hermano muerto en la guerra. Ella argumentaba que se debía más a los muertos que a los vivos y que no podía permitir que su hermano fuese vejado después de muerto.
Cuando los soldados pierden el rigor y el respeto al código del honor en la guerra, estamos ante salvajes que luchan por el placer de matar, no por las ideas; que matan por el placer de atropellar, no para salvar a los inocentes; que violan las normas más sencillas de la humanidad solo porque se creen superiores, porque pertenecen a pueblos que piensan que son los elegidos de los dioses.
Estamos viviendo en un bosque oscuro, en un paraje salvaje que no deja entrar la claridad entre el follaje enmarañado.
Necesitamos faros que guíen al genero humano por estos senderos tenebrosos. Cuando se habla de crisis solo se centra el problema en lo económico, nadie habla de la pérdida de ideas, de la carencia de credos, de la ausencia de líderes que nos hagan volver a creer en la lucha limpia, en la rebeldía para lograr un hermoso fin, en la quimera que nos hace caminar.
No podemos quedarnos impasibles y olvidar hechos como el que acabo narrar, unos soldados que orinan a un muerto no representan otra cosa que la decadencia de los sentimientos y la desaparición del respeto mínimo a lo humano.
Pasan los años y siempre creo, ingenuamente, que la humanidad madura, mas el horror es cada vez mayor, cada día un atropello a la humanidad cobra protagonismo en las primeras páginas de la prensa. Pero desgraciadamente, estos hechos son flores de un día. La arrolladora vida que nos enseñan noticieros, telediarios y prensa no puede pararse a reflexionar. Hay prisas. Hay que buscar otro titular que venda.
Y los políticos siguen en sus trenes de mítines y campañas, ajenos a lo que pasa, sin darse cuenta de que hay otras fuerzas que gobiernan el mundo, sin percibir que los humanos seguimos saliendo de la caverna hambrientos de violencia, que el mundo necesita un orden nuevo, una nueva forma de organizarnos y de sentir.
Ernesto Rodriguez Abad
Es esta una historia con apariencia de simple. Una niña y un pozo son los protagonistas del relato. A través de una anécdota sencilla la autora nos traslada a una parábola sobre la vida deshumanizada, egoísta y vertiginosa de la sociedad actual. La niña se cae al pozo. La gente intenta salvarla pero con el paso de los días, lo cotidiano se impone y la olvidan. Es un texto metafórico y literario para un libro emocionante, donde la ilustración aporta la atmósfera triste primero, y positiva al final.
Mas es también un libro,que nos habla de la identidad, del derecho a ser uno mismo y de las consecuencias que acarrea caminar contracorriente, pero sobre todo es una lúcida reflexión sobre la soledad.
Las páginas se plantean limpias, con el texto,destacado sobre blanco y la ilustración llena de sugerencias nos adentra, muchas veces, en el interior de es niña olvidada, o, en otras, en un mundo urbano desolador, solitario.
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Todos sabenos que contar historias es extremadamente importante y beneficioso para los niños desde la más tierna edad. Embelesar a los bebés con la melodía de la voz de la madre o del padre contando historias es un contacto con la emoción estética, con el primer placer de oír. Luego sigue el libro, el tocar el objeto, el tenerlo entre las manos.
Después el reír, llorar, asustarase o enfadarse con los trextos, con las palabras, con los cuentos.
Más tarde experimentar la creación.
Luego querer hablar de lo leído.
Nunca se lee para la soledad, se lee para compartir.
Todo ello forma parte de las estrategias que crean lectores.
Por eso contar historias a los niños permite conquistar un campo que la imaginación jamás abandonará.
En estas líneas quiero compartir con las personas que visiten mi página las últimas lecturas que me han hecho viajar por mundos mágicos, o las que me han hecho reflexionar, sentir o revivir mis mundos dormidos. Una lectura está realizada plenamente cuando se comparte con alguien, por eso quiero compartir contigo estas lecturas, al menos una cada mes.
Compartiremos mis reflexiones, mis dudas; abriré en estas páginas un vínculo con el corazón de aquellas personas que deseen ser incorformistas. No podemos quedarnos sentados y ver pasar la vida. Toda persona que se relacione con el mundo de la cultura, de los libros, de la creatividad, tiene un compromiso que debe asumir. Compromiso con la vida, con la gente, con la palabra.