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Hans Christian Andersen (Odense, 1805-Copenhague, 1875)) es autor de una obra gigantesca, pues escribió dramas, novelas, autobiografías, poemas, relatos de viajes y cuentos. Además de un periódico, recogido en 17 volúmenes, y una copiosa correspondencia.
Hijo de un humilde zapatero que murió cuando solo tenía 11 años y de una pobre mujer alcohólica, a los 14 años partió hacia Copenhague; solo llevaba un sueño en el bolsillo. Quería triunfar en el teatro. Había asistido a representaciones de cómicos y cantantes en su pequeña ciudad y anhelaba el éxito. Nunca logró aquel deseo; pero sus cuentos, en equilibrio entre la realidad más cruda y la ficción más osada, que, a veces, fantasea sin límites, lograron un éxito clamoroso en todo el mundo. El humilde hijo de la mendiga, que parecía creado por sí mismo en uno de sus cuentos; ahora era invitado por reyes y princesas a compartir sus meriendas, quizá como imaginó que sería agasajado alguno de sus tristes héroes.
Así, tanto en sus novelas como en sus cuentos, el tema más recurrente es el del joven pobre y honesto que se esfuerza por llegar a lo más alto de la escala social. “L’idée sous-jacente étant que le génie est, par définition, destiné aux plus hautes réussites pour peu qu’il sacrifie aux lois de la vie commune ». Son, muchos de ellos, cuentos pesimistas puesto que terminan mal. Sin embargo, los personajes no se quejan en ningún momento, ni se arrepienten de su elección, de su lucha por la subsistencia y por las búsqueda de un mundo feliz.. Lo más importante para ellos es llegar hasta el final de sus deseos y ambiciones.
Estos personajes se parecen al narrador. Siguen su camino y su propia vocación. El Patito Feo (1842) La Pequeña Ondine (1835) La Dríade (1868). También se relaciona con esta temática el joven ninguna posibilidad de tener éxito al que la suerte acaba sonriendo. En esta ocasión también los protagonistas están perfilados a imagen y semejanza del creador. Ejemplo de cuentos de esta temática: Le briquet (1835). El joven rechazado, el amante al que deja su amor por otro, también entra dentro de este apartado de textos que resumiríamos como el relato de un niño y una niña crecen juntos, se quieren como hermanos y se llevan de maravilla hasta el día en que son separados. Algún tiempo después se encuentran y el joven le declara entonces su amor a la chica quien se decanta por otro hombre. Él, desesperado, emprende un viaje para olvidar. Bajo el sauce (1853) Ib y la pequeña Christine (1855).
Ha sido traducido a más de ciento ochenta idiomas y sus textos se han adaptado al cine y al teatro en numerosas ocasiones, lo que a veces ha desvirtuado el sentido y la esencia de su propia creación. Hay que nombrar en este caso las versiones edulcoradas y comercializadas que, productoras como Disney, han hecho de personajes como la Sirenita, perdiendo todo el sentido trágico y de fracaso sentimental de la protagonista, además de la renuncia a su propio ser por amor a otro, sin ser correspondido. Quizá es en la Sirenita en otro de los personajes en los vive o revive el autor a través de su creación. Proyección de miedos, problemas e insatisfacciones en la concepción de muchos de los protagonistas de los cuentos. Esta falta de respeto a la profundidad y al concepto literario o artístico de una obra o autor de este tipo de productoras comerciales hacen que la literatura se desvirtúe y que se caiga en conceptos estereotipados de conductas sociales o sentimentales. Literatura para vender o para adoctrinar, lejos de la creatividad y de la libertad que proporciona la obra de arte. Como argumenta Graciela Cabal, “La verdadera literatura gusta en cambio perderse, con los ojos abiertos y en completa soledad, por bosques profundos y tenebrosos. Y no teme encontrarse ni con lo maravilloso ni con lo abominable. Y se niega a reconocer los signos que le marquen la vuelta a casa.
Porque la literatura, siempre, es un salto al vacío.”
No hay que temer la tristeza, la muerte, la soledad, todos son sentimientos y emociones que aparecen en este autor y que atraen a los chicos y chicas porque quieren transitar con los ojos abiertos y las emociones a flor de piel por los textos. La verdadera literatura es una ventana que se abre sobre un abismo. Sólo hay que saltar y volar. Hace pocos días, un niño de nueve años me dijo. “Todos creen que la literatura infantil tiene que acabar siempre con lo de fueron felices y comieron perdices; pero a nosotros también nos gustan las historias tristes”. Quizá en un presupuesto como este, radica el clamoroso éxito de Andersen. Él no teme los argumentos trágicos, tristes, ni angustiosos. Incluso no rehuye terminar algún cuento con la muerte. Él sabe que la literatura para niños y para adultos es “un salto al vacío”.
Si nos adentramos en las fuentes de su literatura las encontramos en la tradición popular y folclórica, en las creencias populares y en las leyendas danesas, también aparecen reflejados los mitos alemanes y griegos, así como su propia existencia. No podemos pasar por alto sus versiones o adaptaciones al mundo infantil de cuentos como El traje nuevo del Emperador, que encontramos por primera vez en El conde Lucanor de Juan Manuel, que a su vez lo recoge de la tradición árabe.
Inspiración, pues en lo popular que no rehuye lo descarnado, lo cruel y no oculta las aristas más sórdidas y desagradables de la vida.
En sus cuentos encontramos muchas soluciones finales basadas en el triunfo de la bondad, sin embargo muchos de sus argumentos se basan en su propia experiencia atormentada y tienen como solución el fracaso y la soledad. Hay que destacar que Andersen nunca piensa en moralizar como finalidad del cuento, sus personajes perversos o malos no son castigados muchas veces, solo se les ridiculiza. No se puede entender la literatura de este autor sin estudiarlo dentro de las corrientes del Romanticismo europeo. La concepción dinámica de la naturaleza, en concordancia y armonía con los sentimientos de los personajes, como argumenta Fernando Savater, “En Andersen encontramos trazos del romanticismo borrascoso y lleno de claroscuros del llamado “Mago del Norte”, su vocación por convertir la naturaleza en estado de ánimo… o viceversa, y algo de su trascendentalismo moral en el que los contornos piadosos o impíos de los personajes quedan a menudo demasiado definidos, como una antigua fotografía retocada con pluma para que se columbren mejor sus figuras”.
Su estilo a veces se equipara al de E.T.A. Hoffman en la concepción de lo fantástico y lo inverosímil como hilos conductores de la narración o al de Lovecraf en la concepción de criaturas fantásticas e incluso a Poe maestro del relato fantástico angustioso y desasosegante. Pero Andersen siempre presenta una manera particular de estructurar y concebir el cuento.
No sólo en la búsqueda de una temática renovadora se puede emparentar con los literatos más experimentales del XIX, sino en la profundidad de sus personajes y en el rechazo por el adoctrinamiento y la moralización, además es un innovador en el empleo del lenguaje cotidiano, de los sentimientos y de las ideas que antes se pensaba que estaban lejos de la comprensión del niño, Andersen ha traspasado épocas, estilos y modas, para convertirse en un paradigma y un ejemplo de la literatura infantil universal.
La presencia de los elementos de la oralidad es otro de los rasgos de su creación literaria que lo acercan a las corrientes románticas. La repercusión que para los románticos europeos tiene la cultura popular o folclórica, es muy grande, y esto hace que se valoren todos los aspectos folclóricos y populares en el arte. Es en el siglo XIX cuando se inician las recopilaciones de la literatura anónima y cuando se da importancia a la cultura de la oralidad. La mayoría de los cuentos de Andersen comienzan con una apelación al que oye, o con una especie de guiño al origen oral del género cuento. Él ha oído muchos relatos a las ancianas que le narraban en la pequeña casucha al lado de manicomio en el que limpiaba su madre, él ha recibido todo el tesoro de la literatura popular y no renuncia a plasmarlo en lo que escribe. En sus textos se ven todas las características y rasgos de la literatura oralizada como puede ser el ritmo, con cláusulas repetitivas, fórmulas y correlaciones, las repeticiones, las sonoridades y paralelismos, la estructura episódica, apóstrofes al receptor, y la inclusión dentro de la prosa de pequeños versos o coplas en verso para variar el ritmo o cadencia y así llamar la atención del oyente o lector. “Todavía hoy, existen en España e Hispanoamérica lugares en los que se lee en voz alta en las plazas, en tertulias familiares, etc., aparte de que en español, como en otras lenguas europeas, quedan reliquias léxicas que remiten a una época, no tan lejana de abundante oralidad y oralización, tales como el uso de los verbos decir y hablar aplicados a textos escritos: “el libro dice que...”, “el autor habla de...”
En la Europa que vivió el autor la importancia de lo hablado es mayor que la de lo escrito. La literatura escrita, pues, no se desprende de repente de todos los ingredientes de la voz. Un autor como Andersen, educado en la oralidad antes que en la escritura, enamorado de los valores de la palabra hablada y cantada antes que de la palabra puramente literaria, es lógico que se deje emborrachar de los sonidos, de los valores que pone la voz cuando lee o cuando cuenta. Él ha oído muchos cuentos, él quiere cantar y ser actor, ama los valores y los matices que tienen las intenciones y las emociones que están encerradas en los textos. No olvidemos su primera pasión de ser cantante o actor, antes que escritor. Es esta, quizá, otra forma de vivir, de creer en los cuentos. Sabe que sus cuentos se van a contar en el futuro, él mismo cuenta sus relatos de viva voz. Es también otra forma de seguir viviendo en las letras, cuando estas tienen vida.
“En Alemania, dice Erich Schön, a finales del siglo XVIII ya no era común leer en voz alta las novelas, ni otras obras en prosa, pero para Inglaterra (Collins, 1972), Francia, etc. Hay testimonios de lectura oral de novelas todavía en el siglo XIX.”
La literatura, aún la escrita, siguió transmitiéndose en voz alta, como decía el poeta inglés Gerard Manley Hopkins: “toma aliento y léela con los oídos”. La lectura en silencio quedaba para los escritos científicos. Andersen no es ajeno a este uso y costumbre, así los comienzos de sus cuentos tienen un ingrediente léxico que nos sugiere o nos transporta a la atmósfera y al sentido de lo oral, o nos sumerge en un mundo de voces, llenas de matices, llenas de emociones: “Las cigüeñas narran muchos cuentos a sus crías”( La hija del Rey del Fango); “Seguramente habrás oído el cuento de la muchacha que pisó el pan para no ensuciarse los zapatos y lo mal que acabó. Está escrito e impreso” (La muchacha que pisó el pan); “Os voy a contar un cuento” (Lo que hace papá, bien hecho está); “El abuelo sabía contar historias” (El libro de estampas del abuelo); el autor sabe la magia que tienen las fórmulas tradicionales de encabezado o de principio de los cuentos, magia popular, música a la que están acostumbrados los que oyen. Cuentos para oír. “No hay nadie en el mundo que sepa tantos Cuentos como Ole Pegaojos. ¡Y qué bien los cuenta!” (Ole Pegaojos); “Bueno, empecemos. Cuando hayamos llegado al final del cuento sabremos más que ahora...” (La reina de las nieves); “La abuela es muy vieja, tiene muchísimas arrugas y todo el pelo blanco, pero sus ojos, como dos estrellas e incluso más bellos, tienen un mirar tan dulce y tan amable... Y además sabe los cuentos más preciosos...” (La abuela). Los relatos tienen encerrados los valores del mundo. Todas las civilizaciones, todos los autores de cuentos, todos los narradores orales saben que transmiten una manera de ver el mundo, que cada cuento es un universo que se abre, como cuando, abrimos un libro, para pensar, comprender, ver. Ole Pegaojos te adormece con los conocimientos, Scherezade, te embruja con sus palabras, los juglares, los trovadores, los mágicos de la palabra, los que encierran el conocimiento, son sabedores de este poder. “¿Conoces el cuento de la farola vieja? No es demasiado divertido, pero tampoco pasa nada por oírlo una vez.” (La farola vieja); “Hay un viejo cuento que habla...” (El sendero de espinas de la gloria); “¿Conoces la historia de Holger el danés? No te la vamos a contar ahora...” (La piedra filosofal); ¿hay algo que atrape más que un interrogación al comienzo de una historia? La interpelación directa al oyente-lector es otro recurso de la oralización de los textos de este autor. Él conoce la palabra hablada. Andersen sabe que el cuento entra por el oído.

La literatura y las costumbres populares crean historias en las que la vida cambia a partir de la intervención de algún objeto. Importancia de cosas sin vida, capaces de cambiar el curso de la historia de una persona. Esta es otra característica romántica, pero en este caso podemos hablar de recursos de la literatura ya llamada moderna. Emancipación de los objetos en el arte. Angustia ante la vida, desasosiego que la sociedad moderna ejerce en los seres humanos. Antecedente de tantos textos del llamado surrealismo. Sombreros que persiguen angustiosamente a una persona, collares que acuden a citas inesperadas. ¿Están tan lejos de unas zapatillas que se pegan a los pies de una niña y no puede arrancárselas? Por cierto que esta historia nos transmite una desasosegante angustia, es una persecución dolorosa. Las zapatillas rojas se adhieren a los pies de la niña y ya este pierde todo el control de su vida. La única solución es que el verdugo le corte los pies. ¿O la vieja farola que narra su triste vida? O el cuento surrealista La tormenta cambia los rótulos. O cualquiera de esos objetos capaces de hablar o intervenir en la vida de los protagonistas como el baúl o la tetera que cobran voluntad propias, y nos hacen recordar los poemas y relatos de tantos surrealistas que hacen que los objetos tengan voz y sentimientos. En el cuento de la tormenta parece que estamos leyendo un texto de un autor relacionado con las vanguardias y con el surrealismo, pues en él aparece el humor velado tras el vértigo del relato, como en los mejores textos del surrealismo. Carmen Posadas dice: “Quizá debido a su compleja personalidad intentaba mostrar la realidad desde las ópticas más inesperadas, y en sus relatos aparecen trapos y flores que hablan, cucharas parlanchinas, o pelotas de cuero vanidosas. Es como si constantemente se preguntara: “¿Qué pasaría...?”. ¿Qué pasaría si las cosas hablaran, qué pasaría si los animales pudieran contarnos lo que sienten? Fruto de esta peculiar forma de ver la vida es el cuento surrealista La tormenta cambia rótulos. Es una bellísima metáfora de cómo el viento hace justicia cambiando los carteles de una ciudad para que reflejen mejor lo que es cada vecino en realidad.”
En muchas de sus historias un objeto es capaz de cambiar la vida de los protagonistas o de la comunidad. Las cosas tienen capacidad para intervenir en los asuntos puramente humanos. En los cuentos de Andersen los objetos mágicos son capaces de cambiar el transcurso del devenir y de los acontecimientos. No tienen por qué ser objetos mágicos, como en la mayoría de los autores infantiles, o como en la literatura popular, sino que lo más cotidiano puede tener esa capacidad. Así lo vemos en El baúl volador (1839), Las zapatillas rojas (1845), Los zuecos de la felicidad (1838).
¿A qué se debe este manera de enfocar las cosas? ¿Es acaso un antecedente de las corrientes surrealistas? Se podría afirmar que la vanguardia hizo uso de los recursos del folclore infantil y del mismo lenguaje balbuceante de los niños como recurso. Quizá lo que hace nuestro autor es anticiparse al uso de la asociación libre de prejuicios y de normas que hacen los niños en sus razonamientos y juicios. Palabras unidas sin pensar, acciones que inesperadamente se desbocan. Objetos que cobran vida y son capaces de pensar, como en los sueños, las mentes libres de los niños o de los locos.
Este tipo de imágenes libres de ataduras a la lógica y a la realidad han sido recurrentes en todas las producciones infantiles. Y lo infantil, no lo infantilizado, libre de normas sociales e ideológicas, ha sido la base de las literaturas más arriesgadas y de vanguardia. En 1904 el cineasta aragonés Segundo Chomón inventó “el paso de manivela”, y pasó a ser un avanzado en el cine universal, siendo uno de los creadores de las imágenes más arriesgadas del cine fantástico y en el trucaje. En 1905 se filmó El hotel eléctrico y Gulliver en el país de los gigantes, además de su versión del cuento Pulgarcito, y así crea imágenes que sorprendieron a los espectadores. En París se crean en lña misma época las primeras cintas de dibujos animados La maison hantée,o Cuisine magnetique, que crean elementos como una mano cortada que sigue actuando, brazos que se alargan desmesuradamente, e4spacios con una profundidad infinita, etc.
Secuencias absurdas, inesperadas que parecen sacadas del universo feudiano. ¿No están ya sugeridas estas imágenes en el mundo desquiciado que nos presenta Andersen? Podríamos afirmar que su modernidad, que su éxito en todo el mundo se basa no solo en traspasar fronteras geográficas, sino también en saber romper moldes mentales, arrasar con mentalidades y hacer que en el arte sea normal y lógico el propio universo que crea la historia. Lo artístico tiene sus propias normas y su orden interno. Es como un mundo dentro de una botella.
Estas bases artísticas han hecho que nuestro autor traspase fronteras. Los picachos de pizarra rojiza de las casonas de ladrillos de Dinamarca, el mar frío del norte, el viento y los bosques no lo restringen a un país, pues en sus espacios narrativos también aparece el sol de España, Venecia, Roma, Egipto. Todo un universo dentro de su gran, inmenso, mundo narrativo. Es su obra una maravillosa “linterna mágica” en la que las imágenes aparecen compuestas por el ojo de la luna que ve los paisajes de la tierra y al mismo ser humano juguetear, deslizarse por el paisaje, amar, sufrir, morir...; buscar incansable los caminos de la vida.
Andersen eterno y sutil; desgarbado e intenso. El patito feo se convirtió, al fin, el rey de un universo donde todo es posible.

Andersen: el arte de vivir en los cuentos ( Número 8 Diciembre de 2005).
Ernesto Rguez. Abad

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