La vida cotidiana deviene pobre, vacía, una ficción ante una vida de ensoñación que se llena de sentido y va cobrando fuerza, consiguiendo ser más real que la anterior. Ante un orden social que encorseta, los sueños y las visiones desordenadas van construyendo peldaño a peldaño el camino de la libertad.
En este caleidoscopio de realidades Arturo y Catalina toman el protagonismo central, personajes condenados a la soledad por ser diferentes, por pensar por sí mismos, por ir más allá. Náufragos en un viaje errático y desesperado, navegan con la fuerza de lo inevitable hacia la cita imposible en el cristal.
Entre el resto de personajes, Margarita y Antonio ofrecen el contrapunto, ante la influencia de la Iglesia y el agua omnipresente que ahogan la ciudad, anteponen los soles de la isla, el mar bravío, la vegetación exuberante, la sensualidad pero también el arte y el amor que libera.
Porque aunque “Sombra de Cristal”, esconde hechos históricos, denuncia y crítica social es sobre todo una novela sobre el amor, en mayúsculas y en todas sus caras y vertientes, amistad, delirio, obsesión, pasión, transgresión, pero esencialmente el amor como fuerza liberadora que transforma irremediablemente a los que elige marcándolos para siempre, con la herida incandescente símbolo de la vulnerabilidad, de la desnudez más intima que les hace transitar entre el placer y el dolor.
Entre la galería de personajes que pueblan las otras historias que arropan a la principal, algunos devienen tan atractivos y adquieren tal fuerza a pesar de su presencia fugaz que traspasan las páginas del libro y adquieren vida propia, creándonos la necesidad de volverlos a encontrar, de saber el cómo y el porqué de Álvaro, Messaud y sobretodo de Diego Pun un viejo conocido que nos va mostrando sus caras escondido entre las hojas de otras obras de su autor.
Finalmente hay que remarcar la importancia del entorno, de los escenarios en que se sitúan los personajes, magistralmente descritos, tomando un protagonismo en la historia, provocando una explosión de los sentidos, texturas, olores, sabores e incluso sonidos hacen que la lectura se convierta en una experiencia física.
La Laguna, cerrada, oscura poblada de murmullos, de corrientes subterráneas que esconden tantos suspiros y anhelos se contrapone a los paisajes de Daute, donde la luz, el mar y la naturaleza estallan en espacios de libertad.Esto nos lleva a la última paradoja, nos hallamos ante una novela enraizada en Canarias pero que traspasa todas las fronteras, convirtiéndose en universal en la medida que trata los grandes temas que desde siempre han preocupado y preocuparan a la humanidad, el amor, la muerte y la búsqueda de la libertad.
Elvira Novell Iglesias
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Algunas opinines sobre
la narrativa de Ernesto Rguez. Abad
"A propósito de la narrativa corta en Canarias:
Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos
de amor,
de Ernesto Rodríguez Abad"
Antonia María Coello Mesa
Universidad de La Laguna
en Espéculo,
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Amor es “un fuego
escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una
dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento,
una dulce y fría herida, una blanda muerte”.
Estas palabras de Fernando de Rojas logran reflejar,
como pocas, lo paradójico y contradictorio del
sentimiento amoroso. Al amor, uno de los temas literarios
por excelencia, retorna Ernesto Rodríguez Abad,
con ojos curiosos, ávidos de misterio, a veces
sosegados y, otras, vehementes.
Este escritor, profesor universitario y director de
teatro, nacido en Tenerife, es autor, asimismo, de otros
libros de teatro y de cuentos, no sólo para adultos
(Historias extrañadas, Cosas de dioses -Premio
Ateneo de La Laguna-), sino también para niños:
Dieguito Pum, El árbol de las palabras, y relatos
como “Nada, no nada y ayayay”, “La
Col de José” o “Los nueve cisnes”,
este último incluido en una antología
titulada 15 de brujas, con textos de Galena, Shakespeare
o Ariosto, entre otros. Rodríguez Abad se suma,
así, a un conjunto de narradores que, con distintas
tendencias y estilos, dibujan el panorama del cuento
literario en Canarias. Entre ellos se encuentran, por
citar sólo algunos nombres, Alberto Omar, Sabas
Martín o Víctor Álamo de la Rosa.
(...)
¿Qué cuentan los narradores canarios de
ahora? La respuesta no es tanto una cuestión
de contenidos, sino de cómo se sitúan
ante el mundo. En este sentido, muchos de los narradores
de los ochenta, así como de aquellos que han
comenzado a expresarse en la década del 90, coinciden
el algo: en la total incertidumbre con que han marcado
las existencias de sus personajes: incertidumbre que
es sólo uno de los tantos sumandos de un final,
desesperanzado, al que abocan tantas vidas sin visos
de comunicación afectiva, en total soledad, ya
sea en el mundo urbano, ya sea en el de la profundidad
rural; ya esté inscrito en un espacio cerrado,
agrio y cosmopolita, o se arraigue a una insularidad,
o se eche en brazos de una tierra de nadie en donde
pueda suceder cualquier ficción.4
A pesar de ello, éstos no parecen ser datos suficientes
para defender la identidad de la literatura canaria,
que ha suscitado serios debates, sobre todo en la década
de los setenta.5
(...)
Ernesto Rodríguez Abad es uno de estos autores
que, con sus Tres relatos fugaces de pasión y
otros cuentos de amor7, nos muestra un universo insólito
que, sin embargo, nos es familiar. El libro está
formado por un conjunto de once historias, que van desde
la brevedad de “Aldo” o “La radiografía”,
hasta la considerable extensión que alcanza “La
buscadora de oro”. La temática de los cuentos
es también muy variada, aunque todos ellos giran
en torno a las distintas apariencias que adquiere el
amor, transfigurado en concupiscencia, delirio, obsesión,
miedo, sueño, mito, rebeldía o, incluso,
convertido en odio. Todos los cuentos tienen, asimismo,
el aroma añejo de las historias que, de niños,
oíamos contar en noches de tormenta y que ya
nadie sabe de dónde vienen.
“Nadie sabe -dice el autor- de dónde manan
esas aguas rumorosas, ni qué se encuentra sepultado
en ese mausoleo del amor. Si alguien se arrima a las
paredes oye historias de amor increíbles. (...).
Quedan muchas historias ocultas en sus ondas que aún
nadie ha escrito”. Dado su profundo conocimiento
de la tradición oral, no es extraño que
Ernesto Rodríguez Abad presente sus relatos como
testimonios vivos rescatados del tiempo.
Así, al comienzo de “La buscadora de oro”,
afirma: “creo que es tan vieja y tan viajera como
todas las historias. Cuando me lo contaron, yo creí
que era uno de esos cuentos de viejas para asustar a
los niños malos. Esos cuentos que huelen como
los cofres antiguos...” (57). La inclusión
en el libro de una leyenda guanche8, titulada “Los
dragos gemelos”, responde también a ese
deseo de inscribirse en una cultura popular marcada
por la oralidad. La presencia de este relato, ubicado
en la Caldera de Taburiente (isla de La Palma), contribuye
a proporcionar a toda la obra esa apariencia de saber
heredado a través de la voz y la palabra.
“No me oigan”, nos grita, sin embargo, desde
su impotencia, el protagonista de “Aquello era
amor”, un personaje obsesionado por una mujer
que muere sin haberlo amado jamás. Él,
que lo había abandonado todo por ella, no se
resigna a la pérdida de aquello que nunca pudo
poseer y la busca en las tinieblas de la noche, entre
el mármol duro y frío de las tumbas. Al
final, consigue desenterrarla para descubrir que tampoco
ahora será posible su amor:
Todo estaba lleno de gusanos. Todo era putrefacción.
(...). La que tanto había amado me arrojó
al suelo (52).
Este choque brutal contra una muerte que no deja resquicio
a la salvación ni a la esperanza entronca, sin
duda, con las Noches lúgubres de Cadalso, en
donde también se refleja el amor más allá
de la muerte, pero de una muerte que, como ésta,
nos desvela, con todo su horror, el pequeño paso
que existe entre la belleza y la podredumbre, entre
el amor y la repulsión.
Los amores que plasma Ernesto Rodríguez Abad
en este libro son todos imposibles y transgresores,
terriblemente desesperados. Sus personajes deambulan
perdidos en un angustioso viaje hacia ninguna parte.
Sólo quieren encontrar a alguien a quien amar,
en un esfuerzo tan febril como estéril. Son hombres
y mujeres estigmatizados, que reivindican su derecho
a ser distintos y que deben pagar por ello. Están
condenados a la soledad por un mundo que no comprenden
y que se niega a comprenderlos.
De “lunático” y “pervertido”
calificaban a Horacio Pérez, “el hombre
que se enamoraba demasiado”. “¡Eres
una ruina!”, le decían a Isabel, “La
buscadora de oro”, una niña a la que conocían
por el olor desagradable que emanaba (76). Ella podía
ver cosas que nadie más veía, imaginaba
historias dibujadas entre las paredes sucias del aula,
hasta que un día pintaron la escuela y tacharon
de golpe su universo propio.
Isabel simboliza la candidez de la infancia, pero también
su rebeldía. No se resigna a aceptar un mundo
que no le gusta y quiere cambiarlo con su tesoro de
piedrecillas y cristales recogidos en los basureros.
No menos significativa es su colección de alas
de mosca, que languidecen encerradas en una caja, “marchitas
de no volar”, como la propia “buscadora
de oro”, incapaz de huir de una realidad opresiva
en la que no hay lugar para la fantasía.9
Al otro lado está el resto de la sociedad, arquetípica,
uniforme, supuestamente “normal”, representada,
en “La buscadora de oro”, por el aula repleta
de niños obedientes y tontos, que no entendían
nada y fingían entenderlo todo.
En la mayoría de los cuentos, en efecto, aparece
ese mundo intolerante y hostil, que no perdona la transgresión.
Los protagonistas a menudo quedan imbuidos por la atmósfera
asfixiante de pueblos rancios, de moral trasnochada;
un mundo, el del pasado, que se refleja en muchos autores
canarios contemporáneos:
Es el mundo del ayer y del campo, un mundo antiguo en
fase de consumación, en donde no son válidos
ni los códigos ni el lenguaje del presente. Se
va en busca de unas historias que nacen en un ámbito
cerrado, tradicional, colectivo, que acaso ya expiró,
pero que el narrador consigue recobrar y expresar con
una palabra sugerente, viva, y confiada en la magia
que todavía late en los tantos rincones de ese
territorio.10
Así, las críticas y las burlas terminan
por silenciar, por aniquilar casi, a la “novia
del diablo”, que se dejó llevar por la
lascivia, se abandonó a sus pasiones y, como
castigo, su cuerpo quedó marcado para siempre
por la saliva del demonio; “a partir de aquel
día siempre estuvo sola” y “no miraba
a nadie en la calle” (11).
Una marginación similar sufren las hermanas telefonistas,
dos “solteronas” que “parecían
fotos veladas. Mudas. Sordas” (29), otro arquetipo
de mujer:
La solterona es un ser fracasado y, por tanto, desprestigiado
socialmente, que no ha sido capaz de lograr la única
meta digna en la vida de una mujer. La sociedad sólo
se preocupa de ella para crearle y alimentarle la ilusión
de que algún día encontrará a ese
príncipe azul que le prometen la novela rosa
y los boleros...11
Sin embargo, no es el mutismo el único castigo
que se les impone, porque estas mujeres acalladas, al
igual que “la buscadora de oro”, se convierten,
a ojos de los demás, en locas, el ejemplo máximo
de marginación. De este modo, la sociedad, erigida
en baluarte de la verdad absoluta, desautoriza una actitud
que escapa al canon establecido y consigue anular a
esas personas que se han atrevido a salirse del camino
marcado. Como sostiene R. Galdona:
En cualquiera de sus manifestaciones, el(la) loco(a)
es un ser maligno y nocivo porque infringe la normalidad.
Si, además, esa persona es una mujer la magnitud
de su infracción crece hasta cotas insospechadas,
porque se espera de ella, más que de ningún
hombre, que guarde la observancia exigible de la mal
llamada normalidad, traducida para ella en obediencia,
silencio y recato absolutos.12
Frente a este rechazo, una de las pocas alternativas
posibles es la reclusión, por la que optan las
hermanas, que “miraban la calle, la vida, por
los cristales cerrados” (29). Ellas deciden aislarse
en su casa y en su mundo, para mantenerse a salvo de
los otros, aunque nunca lograrían ponerse a salvo
de sí mismas. El encierro supone, en este caso,
una renuncia, una claudicación, ante la incapacidad
de superar una existencia rota y fracasada, lo que las
pone en relación con lo que Gilbert y Gubart
han dado en llamar “loca del ático”.13
Pero en los cuentos de Ernesto Rodríguez Abad
no siempre impera el desaliento; en ocasiones, los personajes
se rebelan contra su destino, como ocurre en “Fefa
Arroyo”. En esta historia, se contraponen dos
tipos de mujer: por un lado está Fefa, fiel defensora
de las convenciones sociales y éticas, que vive
para y por su marido y que parece satisfecha en su papel
de esposa complaciente. En el extremo opuesto se encuentra
su hija, una joven bohemia a la que le gusta “conocer
las ciudades por detrás, por las puertas pobres”
(43).
La felicidad de Fefa, no obstante, es una farsa que
esconde la terrible frustración de quien se siente
alienado y vacío. Pero ella no se resigna, sino
que decide enfrentarse a su sumisión y lanzarse
a un mundo ya sin barreras: abandona a su marido, rompe
con su pasado y se va al encuentro de la libertad y
del amor. En efecto, como señala R. Galdona,
“una vez descubierta la falsedad del cuento de
hadas que le prometieron al hablarle de boda, sólo
cabe a la mujer el fingimiento o la adopción
de comportamientos inconvenientes”14. Asistimos
aquí, en consecuencia, a la subversión
del “ángel doméstico”, como
lo denominó en su momento Virginia Woolf.15
El tópico también se tambalea en “El
beso”, en donde es la mujer la que silencia al
hombre, arrancándole la lengua y apoderándose,
por tanto, de la palabra, en la que reside el ser. Se
trata, quizá, de otra visión de la llamada
“mujer fatal”, que destruye y “devora”
a sus amantes. La mujer aparece aquí como demonio
y puede relacionarse con la figura legendaria de Lilith,
que, según la mitología hebraica, es anterior
a Eva y fue la primera esposa de Adán, aunque
terminó huyendo a los infiernos16. La propia
Eva, de hecho, fue la primera pecadora, como nos recuerda
R. Galdona y, en este sentido, está relacionada
con el Mal:
Eva, no lo olvidemos, fue la primera pecadora. Su deseo
de conocer, error elevado a la categoría de genérico,
le acarreó a ella y a todas sus descendientes
la condena eterna de Yavé, en unos términos
que instauraron la subordinación femenina desde
las mismas raíces de nuestra cultura: “Y
buscarás con ardor a tu marido, que te dominará”
(Génesis, 3-16).17
En realidad, los Tres relatos fugaces de pasión
y otros cuentos de amor, están repletos de hombres
y mujeres atrapados por el tiempo, esperando eternamente
un amor que les está vedado, como la protagonista
de “La radiografía” o Pietro Paolo
Zambonino, a quien el paso de los años le impide
incluso recordar el rostro de su esposa, a pesar de
haber dedicado su vida a buscarla. Todos ellos, en efecto,
se afanan en búsquedas imposibles, con un esfuerzo
tan impetuoso como inútil, semejante al de las
olas, que, con su perpetuo vaivén, se empeñan
en arrojarse una y otra vez contra la misma realidad.
No en vano, el mar está muy presente en estos
cuentos de esperanza y desesperación.
Mientras, el tiempo transcurre cadencioso e inexorable,
para unos personajes sin remisión, que prefieren
soñar a vivir. Son víctimas de un pasado
del que no pueden -o no quieren- escapar, y permanecen
absortos, como “vigías del tiempo perdido”,
esperando morir de amor o, quizá, de odio, que
acaso sea lo mismo.
La originalidad de estos relatos y la riqueza con que
el autor construye a sus personajes -sobre todo femeninos-
se combinan con un lenguaje sugerente y lleno de alusiones
a los sentidos, en donde hay olor a levadura o a caña
santa y regusto a teas viejas. De igual modo, los paralelismos
y la dicotomía él / ella marcan el ritmo
de un texto que, además, viene acompañado
por las ilustraciones expresivas y, a menudo inquietantes,
de Mai Martín Salazar.
Ernesto Rodríguez Abad, en definitiva, nos cuenta
“historias de amor increíbles”, que,
sin embargo, terminamos por creer. Y lo hace sin afectación,
sin artificios, con la parsimonia, la sencillez y la
meditada espontaneidad de los cuentos narrados al calor
de la lumbre.
NOTAS:
[1] J.J. Delgado, El cuento literario del siglo XX en
Canarias (Estudio y Antología), Cuadernos de
Literatura, Ateneo de La Laguna, 1999, p. 61.
[2] Vid. E. Díaz Navarro y J.R. González,
El cuento español en el siglo XX, Alianza Editorial,
Madrid, 2002, p. 169.
[3] Vid. J.J. Delgado, El cuento literario..., op. cit.,
p. 69.
[4] Ídem, p. 56.
[5] Ídem, p. 67.
[6] Vid. E. Díaz Navarro y J.R. González,
El cuento español en el siglo XX, op. cit., p.
12.
[7] Vid. E.J. Rodríguez Abad, Tres relatos fugaces
de pasión y otros cuentos de amor, Ediciones
Baile del Sol, Tenerife, 2001. El número entre
paréntesis que sigue a cada cita del libro indica
la página de la que se ha extraído.
[8] La palabra guanche se refería, en un principio,
a los antiguos habitantes de Tenerife y, luego, su uso
se extendió para designar a los aborígenes
que, a la llegada de los conquistadores, poblaban cualquiera
de las Islas Canarias.
[9] Para un estudio sobre tipos de mujer que rompen
con el comportamiento que se presupone normal, vid.
C. Martín Gaite, Desde la ventana, Espasa-Calpe,
Madrid, 1988.
[10] J.J. Delgado, El cuento literario..., op. cit.,
p. 69.
[11] F. López, Mito y discurso en la novela femenina
de posguerra en España, Pliegos, Madrid, 1995,
p. 21. Para más información sobre este
tema, vid. L. Mizrahi, La mujer transgresora, Emecé,
Barcelona, 1992.
[12] R. Galdona Pérez, Discurso femenino en la
novela española de posguerra: Carmen Laforet,
Ana María Matute y Elena Quiroga, Universidad
de La Laguna, La Laguna, 2001, p. 257.
[13] Vid. S. Gilbert y S. Gubart, The Madwoman in the
Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary
Imagination, Yale University Press, New Haven, 1984;
R. Galdona Pérez, Discurso femenino..., op. cit.,
pp. 256-61.
[14] R. Galdona Pérez, Discurso femenino...,
op. cit., p. 141.
[15] Vid. V. Woolf, Un cuarto propio, Júcar,
Madrid, 1991. Del “ángel doméstico”
hablan otras muchas autoras, como S. Kirkpatrick (Las
Románticas, Cátedra, Madrid, 1991) o S.
Gilbert y S. Gubart (The Madwoman in the Attic..., op.
cit.).
[16] Vid. E. Bornay, Las hijas de Lilith, Cátedra,
Madrid, 1990.
[17] R. Galdona Pérez, Discurso femenino...,
op. cit., pp. 165-6.
© Antonia María
Coello Mesa 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad
Complutense de Madrid
Lazarillo.
Mary Cruz Delgado Almanza.
Madrid: Los Libros de La catarata, 2007 (Animación
a la Lectura, 2), 212 pp.
“Es necesario oír muchas historias para
convertirse luego en un gran lector”. Estas palabras
las podemos encontrar en el prólogo que Ernesto
Rodríguez Abad titula Los Cuentos, un camino
a la lectura, y que constituye una de las ideas básicas
del libro: la lectura, relacionada siempre con la escritura,
como heredera de la tradición.
El libro pertenece a una colección coordinada
por este mismo autor e impulsada por el sindicato FETE-UGT.
Éste es el segundo título de la colección.
Del primero, Animando a animar, también fue autor
Ernesto Rodríguez Abad junto a Elvira Novell.
En la obra se hace una reflexión sobre el acto
de leer, escribir y contar como rito. Y si ofrecen diferentes
propuestas de animación a la lectura para poner
en práctica en el aula.
Este segundo libro, Te cuento para que cuentes, se divide
en dos partes claramente diferenciadas, escritas por
dos autores distintos. La primera es de Ernesto Rodríguez
Abad, licenciado en Filología Hispánica
y Francesa, profesor de la Universidad de La Laguna,
experto en teatro y un gran apasionado por escuchar
y narrar historias. La autora de la segunda parte es
Benita prieto, actriz brasileña que lleva muchos
años contando e impartiendo talleres de narración
oral.
Desde el comienzo, el lector queda atrapado por la lectura
de un primer relato, “El faraón que vivió
en un cuento”, en el que el protagonista descubre
el secreto de las palabras por medio de escuchar narraciones.
El primer bloque se compone de seis capítulos
en los que el autor realiza una serie de reflexiones
como la importancia de los cuentos en todas las comunidades
y prosigue con una breve definición de los géneros
de la narración oral: cuentos, mitos, leyendas,
fábulas, etc. Cada parte teórica viene
ilustrada con deliciosos ejemplos y se finaliza con
un apartado donde se sugieren actividades para llevar
al aula.
De cada cuento propuesto se explica el origen: Bretaña,
canarias, Rusia, África, etc. En cuanto a las
actividades, están escritas de una forma sencilla,
clara para que el profesor pueda aplicarlas fácilmente
en la clase. Abundan especialmente las que tienen como
propuesta el teatro.
El último capítulo se dedica a lo cómico
en la literatura oral. El autor presenta una clasificación
de cuentos en relación a los personajes (pícaros,
tontos, locos), historias de mujeres y relatos de humor
para hacer pensar. Destaca de una forma especial el
humor en la literatura oral y salpica este capítulo
con una variada y rica muestra de textos, acompañados
de sus actividades correspondientes. Además resulta
muy enriquecedora la bibliografía que el autor
aporta en cada uno de los bloques en relación
al tema que trata.
La segunda parte del libro se centra en “los personajes
que habitan los cuentos”. Parte del origen de
las hadas (buenas) y brujas (malas) y realiza un recorrido
por diferentes personajes de la ficción: ogros,
príncipes, fantasmas… eligiendo algunos
cuentos de la tradición en diferentes países
como Yeh-sen: La cenicienta china.
La autora comenta que la humanidad necesita la palabra
convertida en historia como “el pan que alimenta
el cuerpo”. Asimismo defiende el poder curativo
de los cuentos por su capacidad simbólica y tal
vez sea éste uno de los motivos por el que persisten
en la actualidad. Aunque sigue una estructura parecida
a la primera parte, resulta más corta y se profundiza
menos en los temas. Al final del libro se ofrece una
breve bibliografía para disfrutar de los cuentos
y otras dos bibliografías más que aportan
cada uno de los autores.
La obra pone manifiesto la importancia de la literatura
oral y no sólo desde una forma teórica,
al analizar el origen de algunos géneros, sino
también con la multitud de ejemplos para que
el niño disfrute oyéndolos y practique
la lectura. Al mismo tiempo, se ofrecen variadas ideas
como elaborar platos, ver películas, realizar
recopilaciones, etc., que resultan muy útiles
para aplicar en el aula. Cabe destacar las citas (Walter
Benjamín, Antoine de Sainte-Exupéry…)
que facilitan la reflexión y suscitan la curiosidad
del lector.
El último capítulo, escrito por Ernesto
Rodríguez Abad hay que reseñarlo especialmente
porque parte de una frase que permite reflexionar al
docente: “aprender a oír es aprender a
leer”. Es obvio que si la literatura se ha captado
por el oído, el niño se sentirá
atraído por la palabra y querrá seguir
disfrutando de ella. Así, gracias al libro podrá
continuar esa maravillosa aventura que es desarrollar
su hábito lector. No cabe duda que esta obra
contribuye a conseguirlo.
Otras referencias bibliográficas en:
Omar Walls, A. "El
requerimiento, una buena creación colectiva",
en El requerimiento, Ed. Xerach, La Laguna,
1993.
León Felipe, B. " Música y poesía.
A propósito de Cosas de dioses de Ernesto
Rodríguez Abad" en De las Artes y de
Letras canarias, núm. 73, El Día,
1 de Febrero de 2000.
Rodríguez Almodóvar, A. (..), en El
árbol de las palabras, Altasur, (...)
La enciclopedia de la Literatura de Canarias,
La Laguna, Centro de la Cultura Popular Canaria, 2007.