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Sombra de Cristal


Ernesto Rodríguez Abad toma en esta obra una voz que le es propia, la voz del narrador que viene del pasado para rescatar secretos y misterios olvidados, difíciles de comprender y se convierte en el cronista de una historia que encierra otro sinfín de relatos en su interior, como si de un juego de cajas chinas se tratara  y lo hace con las palabras precisas, creando un universo narrativo propio, lleno de sensibilidad pero también de expresividad en el que conviven el lenguaje poético, la ironía y la crítica social.

Nos encontramos ante una novela coral que transita ente varios planos, enfrentándolos en un juego de contrastes y espejos que se contraponen e integran en uno solo. Así,  pasado y presente, realidad y ficción, libertad e hipocresía social se entremezclan para cambiar la escala de valores y poco a poco, sutilmente, ir transformando la percepción del lector.

La vida cotidiana deviene pobre, vacía, una ficción ante una vida de ensoñación que se llena de sentido y va cobrando fuerza, consiguiendo ser más real que la anterior. Ante un orden social que encorseta, los sueños y las visiones desordenadas van construyendo peldaño a peldaño el camino de la libertad.

En este caleidoscopio de realidades Arturo y Catalina toman el protagonismo central, personajes condenados a la soledad por ser diferentes, por pensar por sí mismos, por ir más allá. Náufragos en un viaje errático y desesperado, navegan con la fuerza de lo inevitable hacia la cita imposible en el cristal.

Entre el resto de personajes, Margarita y Antonio ofrecen el contrapunto, ante la influencia de la Iglesia y  el agua omnipresente que ahogan la ciudad, anteponen los soles de la isla, el mar bravío, la vegetación exuberante, la sensualidad pero también el arte y el amor que libera.
Porque aunque “Sombra de Cristal”, esconde hechos históricos, denuncia y crítica social es sobre todo una novela sobre el amor, en mayúsculas y en todas sus caras y vertientes, amistad, delirio, obsesión, pasión, transgresión, pero esencialmente el amor como fuerza liberadora que transforma irremediablemente a los que elige  marcándolos para siempre, con la herida incandescente símbolo de la vulnerabilidad, de la desnudez más intima que les hace  transitar entre el placer y el dolor.

Entre la galería de personajes que pueblan  las otras historias que arropan a la principal, algunos devienen tan atractivos y adquieren tal fuerza a pesar de su presencia fugaz que  traspasan las páginas del libro y adquieren vida propia, creándonos la necesidad de volverlos a encontrar, de saber el cómo y el porqué de Álvaro, Messaud y sobretodo de Diego Pun un viejo conocido que nos va mostrando sus caras escondido entre las hojas de otras obras de su autor.

Finalmente hay que remarcar la importancia del entorno, de los escenarios en que se sitúan los personajes, magistralmente descritos, tomando un protagonismo en la historia, provocando una explosión de los sentidos, texturas, olores, sabores e incluso sonidos hacen que la lectura se convierta en una experiencia física.

La Laguna, cerrada, oscura poblada de murmullos, de corrientes subterráneas  que esconden tantos suspiros y anhelos se contrapone a los paisajes de Daute,  donde la luz,  el mar y la naturaleza estallan en espacios de libertad.Esto nos lleva a la última paradoja, nos hallamos ante una novela  enraizada en Canarias pero que traspasa todas las fronteras, convirtiéndose en universal en la medida que trata los grandes temas que desde siempre han preocupado y preocuparan a la humanidad, el amor, la muerte y la búsqueda de la libertad.

Elvira Novell Iglesias
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Algunas opinines sobre la narrativa de Ernesto Rguez. Abad

"A propósito de la narrativa corta en Canarias:

Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos de amor,
de Ernesto Rodríguez Abad"

Antonia María Coello Mesa
Universidad de La Laguna
en Espéculo,

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Amor es “un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fría herida, una blanda muerte”. Estas palabras de Fernando de Rojas logran reflejar, como pocas, lo paradójico y contradictorio del sentimiento amoroso. Al amor, uno de los temas literarios por excelencia, retorna Ernesto Rodríguez Abad, con ojos curiosos, ávidos de misterio, a veces sosegados y, otras, vehementes.
Este escritor, profesor universitario y director de teatro, nacido en Tenerife, es autor, asimismo, de otros libros de teatro y de cuentos, no sólo para adultos (Historias extrañadas, Cosas de dioses -Premio Ateneo de La Laguna-), sino también para niños: Dieguito Pum, El árbol de las palabras, y relatos como “Nada, no nada y ayayay”, “La Col de José” o “Los nueve cisnes”, este último incluido en una antología titulada 15 de brujas, con textos de Galena, Shakespeare o Ariosto, entre otros. Rodríguez Abad se suma, así, a un conjunto de narradores que, con distintas tendencias y estilos, dibujan el panorama del cuento literario en Canarias. Entre ellos se encuentran, por citar sólo algunos nombres, Alberto Omar, Sabas Martín o Víctor Álamo de la Rosa.
(...)
¿Qué cuentan los narradores canarios de ahora? La respuesta no es tanto una cuestión de contenidos, sino de cómo se sitúan ante el mundo. En este sentido, muchos de los narradores de los ochenta, así como de aquellos que han comenzado a expresarse en la década del 90, coinciden el algo: en la total incertidumbre con que han marcado las existencias de sus personajes: incertidumbre que es sólo uno de los tantos sumandos de un final, desesperanzado, al que abocan tantas vidas sin visos de comunicación afectiva, en total soledad, ya sea en el mundo urbano, ya sea en el de la profundidad rural; ya esté inscrito en un espacio cerrado, agrio y cosmopolita, o se arraigue a una insularidad, o se eche en brazos de una tierra de nadie en donde pueda suceder cualquier ficción.4
A pesar de ello, éstos no parecen ser datos suficientes para defender la identidad de la literatura canaria, que ha suscitado serios debates, sobre todo en la década de los setenta.5
(...)
Ernesto Rodríguez Abad es uno de estos autores que, con sus Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos de amor7, nos muestra un universo insólito que, sin embargo, nos es familiar. El libro está formado por un conjunto de once historias, que van desde la brevedad de “Aldo” o “La radiografía”, hasta la considerable extensión que alcanza “La buscadora de oro”. La temática de los cuentos es también muy variada, aunque todos ellos giran en torno a las distintas apariencias que adquiere el amor, transfigurado en concupiscencia, delirio, obsesión, miedo, sueño, mito, rebeldía o, incluso, convertido en odio. Todos los cuentos tienen, asimismo, el aroma añejo de las historias que, de niños, oíamos contar en noches de tormenta y que ya nadie sabe de dónde vienen.
“Nadie sabe -dice el autor- de dónde manan esas aguas rumorosas, ni qué se encuentra sepultado en ese mausoleo del amor. Si alguien se arrima a las paredes oye historias de amor increíbles. (...). Quedan muchas historias ocultas en sus ondas que aún nadie ha escrito”. Dado su profundo conocimiento de la tradición oral, no es extraño que Ernesto Rodríguez Abad presente sus relatos como testimonios vivos rescatados del tiempo.
Así, al comienzo de “La buscadora de oro”, afirma: “creo que es tan vieja y tan viajera como todas las historias. Cuando me lo contaron, yo creí que era uno de esos cuentos de viejas para asustar a los niños malos. Esos cuentos que huelen como los cofres antiguos...” (57). La inclusión en el libro de una leyenda guanche8, titulada “Los dragos gemelos”, responde también a ese deseo de inscribirse en una cultura popular marcada por la oralidad. La presencia de este relato, ubicado en la Caldera de Taburiente (isla de La Palma), contribuye a proporcionar a toda la obra esa apariencia de saber heredado a través de la voz y la palabra.
“No me oigan”, nos grita, sin embargo, desde su impotencia, el protagonista de “Aquello era amor”, un personaje obsesionado por una mujer que muere sin haberlo amado jamás. Él, que lo había abandonado todo por ella, no se resigna a la pérdida de aquello que nunca pudo poseer y la busca en las tinieblas de la noche, entre el mármol duro y frío de las tumbas. Al final, consigue desenterrarla para descubrir que tampoco ahora será posible su amor:
Todo estaba lleno de gusanos. Todo era putrefacción. (...). La que tanto había amado me arrojó al suelo (52).
Este choque brutal contra una muerte que no deja resquicio a la salvación ni a la esperanza entronca, sin duda, con las Noches lúgubres de Cadalso, en donde también se refleja el amor más allá de la muerte, pero de una muerte que, como ésta, nos desvela, con todo su horror, el pequeño paso que existe entre la belleza y la podredumbre, entre el amor y la repulsión.
Los amores que plasma Ernesto Rodríguez Abad en este libro son todos imposibles y transgresores, terriblemente desesperados. Sus personajes deambulan perdidos en un angustioso viaje hacia ninguna parte. Sólo quieren encontrar a alguien a quien amar, en un esfuerzo tan febril como estéril. Son hombres y mujeres estigmatizados, que reivindican su derecho a ser distintos y que deben pagar por ello. Están condenados a la soledad por un mundo que no comprenden y que se niega a comprenderlos.
De “lunático” y “pervertido” calificaban a Horacio Pérez, “el hombre que se enamoraba demasiado”. “¡Eres una ruina!”, le decían a Isabel, “La buscadora de oro”, una niña a la que conocían por el olor desagradable que emanaba (76). Ella podía ver cosas que nadie más veía, imaginaba historias dibujadas entre las paredes sucias del aula, hasta que un día pintaron la escuela y tacharon de golpe su universo propio.
Isabel simboliza la candidez de la infancia, pero también su rebeldía. No se resigna a aceptar un mundo que no le gusta y quiere cambiarlo con su tesoro de piedrecillas y cristales recogidos en los basureros. No menos significativa es su colección de alas de mosca, que languidecen encerradas en una caja, “marchitas de no volar”, como la propia “buscadora de oro”, incapaz de huir de una realidad opresiva en la que no hay lugar para la fantasía.9
Al otro lado está el resto de la sociedad, arquetípica, uniforme, supuestamente “normal”, representada, en “La buscadora de oro”, por el aula repleta de niños obedientes y tontos, que no entendían nada y fingían entenderlo todo.
En la mayoría de los cuentos, en efecto, aparece ese mundo intolerante y hostil, que no perdona la transgresión. Los protagonistas a menudo quedan imbuidos por la atmósfera asfixiante de pueblos rancios, de moral trasnochada; un mundo, el del pasado, que se refleja en muchos autores canarios contemporáneos:
Es el mundo del ayer y del campo, un mundo antiguo en fase de consumación, en donde no son válidos ni los códigos ni el lenguaje del presente. Se va en busca de unas historias que nacen en un ámbito cerrado, tradicional, colectivo, que acaso ya expiró, pero que el narrador consigue recobrar y expresar con una palabra sugerente, viva, y confiada en la magia que todavía late en los tantos rincones de ese territorio.10
Así, las críticas y las burlas terminan por silenciar, por aniquilar casi, a la “novia del diablo”, que se dejó llevar por la lascivia, se abandonó a sus pasiones y, como castigo, su cuerpo quedó marcado para siempre por la saliva del demonio; “a partir de aquel día siempre estuvo sola” y “no miraba a nadie en la calle” (11).
Una marginación similar sufren las hermanas telefonistas, dos “solteronas” que “parecían fotos veladas. Mudas. Sordas” (29), otro arquetipo de mujer:
La solterona es un ser fracasado y, por tanto, desprestigiado socialmente, que no ha sido capaz de lograr la única meta digna en la vida de una mujer. La sociedad sólo se preocupa de ella para crearle y alimentarle la ilusión de que algún día encontrará a ese príncipe azul que le prometen la novela rosa y los boleros...11
Sin embargo, no es el mutismo el único castigo que se les impone, porque estas mujeres acalladas, al igual que “la buscadora de oro”, se convierten, a ojos de los demás, en locas, el ejemplo máximo de marginación. De este modo, la sociedad, erigida en baluarte de la verdad absoluta, desautoriza una actitud que escapa al canon establecido y consigue anular a esas personas que se han atrevido a salirse del camino marcado. Como sostiene R. Galdona:
En cualquiera de sus manifestaciones, el(la) loco(a) es un ser maligno y nocivo porque infringe la normalidad. Si, además, esa persona es una mujer la magnitud de su infracción crece hasta cotas insospechadas, porque se espera de ella, más que de ningún hombre, que guarde la observancia exigible de la mal llamada normalidad, traducida para ella en obediencia, silencio y recato absolutos.12
Frente a este rechazo, una de las pocas alternativas posibles es la reclusión, por la que optan las hermanas, que “miraban la calle, la vida, por los cristales cerrados” (29). Ellas deciden aislarse en su casa y en su mundo, para mantenerse a salvo de los otros, aunque nunca lograrían ponerse a salvo de sí mismas. El encierro supone, en este caso, una renuncia, una claudicación, ante la incapacidad de superar una existencia rota y fracasada, lo que las pone en relación con lo que Gilbert y Gubart han dado en llamar “loca del ático”.13
Pero en los cuentos de Ernesto Rodríguez Abad no siempre impera el desaliento; en ocasiones, los personajes se rebelan contra su destino, como ocurre en “Fefa Arroyo”. En esta historia, se contraponen dos tipos de mujer: por un lado está Fefa, fiel defensora de las convenciones sociales y éticas, que vive para y por su marido y que parece satisfecha en su papel de esposa complaciente. En el extremo opuesto se encuentra su hija, una joven bohemia a la que le gusta “conocer las ciudades por detrás, por las puertas pobres” (43).
La felicidad de Fefa, no obstante, es una farsa que esconde la terrible frustración de quien se siente alienado y vacío. Pero ella no se resigna, sino que decide enfrentarse a su sumisión y lanzarse a un mundo ya sin barreras: abandona a su marido, rompe con su pasado y se va al encuentro de la libertad y del amor. En efecto, como señala R. Galdona, “una vez descubierta la falsedad del cuento de hadas que le prometieron al hablarle de boda, sólo cabe a la mujer el fingimiento o la adopción de comportamientos inconvenientes”14. Asistimos aquí, en consecuencia, a la subversión del “ángel doméstico”, como lo denominó en su momento Virginia Woolf.15
El tópico también se tambalea en “El beso”, en donde es la mujer la que silencia al hombre, arrancándole la lengua y apoderándose, por tanto, de la palabra, en la que reside el ser. Se trata, quizá, de otra visión de la llamada “mujer fatal”, que destruye y “devora” a sus amantes. La mujer aparece aquí como demonio y puede relacionarse con la figura legendaria de Lilith, que, según la mitología hebraica, es anterior a Eva y fue la primera esposa de Adán, aunque terminó huyendo a los infiernos16. La propia Eva, de hecho, fue la primera pecadora, como nos recuerda R. Galdona y, en este sentido, está relacionada con el Mal:
Eva, no lo olvidemos, fue la primera pecadora. Su deseo de conocer, error elevado a la categoría de genérico, le acarreó a ella y a todas sus descendientes la condena eterna de Yavé, en unos términos que instauraron la subordinación femenina desde las mismas raíces de nuestra cultura: “Y buscarás con ardor a tu marido, que te dominará” (Génesis, 3-16).17
En realidad, los Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos de amor, están repletos de hombres y mujeres atrapados por el tiempo, esperando eternamente un amor que les está vedado, como la protagonista de “La radiografía” o Pietro Paolo Zambonino, a quien el paso de los años le impide incluso recordar el rostro de su esposa, a pesar de haber dedicado su vida a buscarla. Todos ellos, en efecto, se afanan en búsquedas imposibles, con un esfuerzo tan impetuoso como inútil, semejante al de las olas, que, con su perpetuo vaivén, se empeñan en arrojarse una y otra vez contra la misma realidad. No en vano, el mar está muy presente en estos cuentos de esperanza y desesperación.
Mientras, el tiempo transcurre cadencioso e inexorable, para unos personajes sin remisión, que prefieren soñar a vivir. Son víctimas de un pasado del que no pueden -o no quieren- escapar, y permanecen absortos, como “vigías del tiempo perdido”, esperando morir de amor o, quizá, de odio, que acaso sea lo mismo.
La originalidad de estos relatos y la riqueza con que el autor construye a sus personajes -sobre todo femeninos- se combinan con un lenguaje sugerente y lleno de alusiones a los sentidos, en donde hay olor a levadura o a caña santa y regusto a teas viejas. De igual modo, los paralelismos y la dicotomía él / ella marcan el ritmo de un texto que, además, viene acompañado por las ilustraciones expresivas y, a menudo inquietantes, de Mai Martín Salazar.
Ernesto Rodríguez Abad, en definitiva, nos cuenta “historias de amor increíbles”, que, sin embargo, terminamos por creer. Y lo hace sin afectación, sin artificios, con la parsimonia, la sencillez y la meditada espontaneidad de los cuentos narrados al calor de la lumbre.

NOTAS:
[1] J.J. Delgado, El cuento literario del siglo XX en Canarias (Estudio y Antología), Cuadernos de Literatura, Ateneo de La Laguna, 1999, p. 61.
[2] Vid. E. Díaz Navarro y J.R. González, El cuento español en el siglo XX, Alianza Editorial, Madrid, 2002, p. 169.
[3] Vid. J.J. Delgado, El cuento literario..., op. cit., p. 69.
[4] Ídem, p. 56.
[5] Ídem, p. 67.
[6] Vid. E. Díaz Navarro y J.R. González, El cuento español en el siglo XX, op. cit., p. 12.
[7] Vid. E.J. Rodríguez Abad, Tres relatos fugaces de pasión y otros cuentos de amor, Ediciones Baile del Sol, Tenerife, 2001. El número entre paréntesis que sigue a cada cita del libro indica la página de la que se ha extraído.
[8] La palabra guanche se refería, en un principio, a los antiguos habitantes de Tenerife y, luego, su uso se extendió para designar a los aborígenes que, a la llegada de los conquistadores, poblaban cualquiera de las Islas Canarias.
[9] Para un estudio sobre tipos de mujer que rompen con el comportamiento que se presupone normal, vid. C. Martín Gaite, Desde la ventana, Espasa-Calpe, Madrid, 1988.
[10] J.J. Delgado, El cuento literario..., op. cit., p. 69.
[11] F. López, Mito y discurso en la novela femenina de posguerra en España, Pliegos, Madrid, 1995, p. 21. Para más información sobre este tema, vid. L. Mizrahi, La mujer transgresora, Emecé, Barcelona, 1992.
[12] R. Galdona Pérez, Discurso femenino en la novela española de posguerra: Carmen Laforet, Ana María Matute y Elena Quiroga, Universidad de La Laguna, La Laguna, 2001, p. 257.
[13] Vid. S. Gilbert y S. Gubart, The Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination, Yale University Press, New Haven, 1984; R. Galdona Pérez, Discurso femenino..., op. cit., pp. 256-61.
[14] R. Galdona Pérez, Discurso femenino..., op. cit., p. 141.
[15] Vid. V. Woolf, Un cuarto propio, Júcar, Madrid, 1991. Del “ángel doméstico” hablan otras muchas autoras, como S. Kirkpatrick (Las Románticas, Cátedra, Madrid, 1991) o S. Gilbert y S. Gubart (The Madwoman in the Attic..., op. cit.).
[16] Vid. E. Bornay, Las hijas de Lilith, Cátedra, Madrid, 1990.
[17] R. Galdona Pérez, Discurso femenino..., op. cit., pp. 165-6.

© Antonia María Coello Mesa 2002
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid

 

Lazarillo. Mary Cruz Delgado Almanza.

Madrid: Los Libros de La catarata, 2007 (Animación a la Lectura, 2), 212 pp.
“Es necesario oír muchas historias para convertirse luego en un gran lector”. Estas palabras las podemos encontrar en el prólogo que Ernesto Rodríguez Abad titula Los Cuentos, un camino a la lectura, y que constituye una de las ideas básicas del libro: la lectura, relacionada siempre con la escritura, como heredera de la tradición.
El libro pertenece a una colección coordinada por este mismo autor e impulsada por el sindicato FETE-UGT. Éste es el segundo título de la colección. Del primero, Animando a animar, también fue autor Ernesto Rodríguez Abad junto a Elvira Novell. En la obra se hace una reflexión sobre el acto de leer, escribir y contar como rito. Y si ofrecen diferentes propuestas de animación a la lectura para poner en práctica en el aula.
Este segundo libro, Te cuento para que cuentes, se divide en dos partes claramente diferenciadas, escritas por dos autores distintos. La primera es de Ernesto Rodríguez Abad, licenciado en Filología Hispánica y Francesa, profesor de la Universidad de La Laguna, experto en teatro y un gran apasionado por escuchar y narrar historias. La autora de la segunda parte es Benita prieto, actriz brasileña que lleva muchos años contando e impartiendo talleres de narración oral.
Desde el comienzo, el lector queda atrapado por la lectura de un primer relato, “El faraón que vivió en un cuento”, en el que el protagonista descubre el secreto de las palabras por medio de escuchar narraciones.
El primer bloque se compone de seis capítulos en los que el autor realiza una serie de reflexiones como la importancia de los cuentos en todas las comunidades y prosigue con una breve definición de los géneros de la narración oral: cuentos, mitos, leyendas, fábulas, etc. Cada parte teórica viene ilustrada con deliciosos ejemplos y se finaliza con un apartado donde se sugieren actividades para llevar al aula.
De cada cuento propuesto se explica el origen: Bretaña, canarias, Rusia, África, etc. En cuanto a las actividades, están escritas de una forma sencilla, clara para que el profesor pueda aplicarlas fácilmente en la clase. Abundan especialmente las que tienen como propuesta el teatro.
El último capítulo se dedica a lo cómico en la literatura oral. El autor presenta una clasificación de cuentos en relación a los personajes (pícaros, tontos, locos), historias de mujeres y relatos de humor para hacer pensar. Destaca de una forma especial el humor en la literatura oral y salpica este capítulo con una variada y rica muestra de textos, acompañados de sus actividades correspondientes. Además resulta muy enriquecedora la bibliografía que el autor aporta en cada uno de los bloques en relación al tema que trata.
La segunda parte del libro se centra en “los personajes que habitan los cuentos”. Parte del origen de las hadas (buenas) y brujas (malas) y realiza un recorrido por diferentes personajes de la ficción: ogros, príncipes, fantasmas… eligiendo algunos cuentos de la tradición en diferentes países como Yeh-sen: La cenicienta china.
La autora comenta que la humanidad necesita la palabra convertida en historia como “el pan que alimenta el cuerpo”. Asimismo defiende el poder curativo de los cuentos por su capacidad simbólica y tal vez sea éste uno de los motivos por el que persisten en la actualidad. Aunque sigue una estructura parecida a la primera parte, resulta más corta y se profundiza menos en los temas. Al final del libro se ofrece una breve bibliografía para disfrutar de los cuentos y otras dos bibliografías más que aportan cada uno de los autores.
La obra pone manifiesto la importancia de la literatura oral y no sólo desde una forma teórica, al analizar el origen de algunos géneros, sino también con la multitud de ejemplos para que el niño disfrute oyéndolos y practique la lectura. Al mismo tiempo, se ofrecen variadas ideas como elaborar platos, ver películas, realizar recopilaciones, etc., que resultan muy útiles para aplicar en el aula. Cabe destacar las citas (Walter Benjamín, Antoine de Sainte-Exupéry…) que facilitan la reflexión y suscitan la curiosidad del lector.
El último capítulo, escrito por Ernesto Rodríguez Abad hay que reseñarlo especialmente porque parte de una frase que permite reflexionar al docente: “aprender a oír es aprender a leer”. Es obvio que si la literatura se ha captado por el oído, el niño se sentirá atraído por la palabra y querrá seguir disfrutando de ella. Así, gracias al libro podrá continuar esa maravillosa aventura que es desarrollar su hábito lector. No cabe duda que esta obra contribuye a conseguirlo.

Otras referencias bibliográficas en:

Omar Walls, A. "El requerimiento, una buena creación colectiva", en El requerimiento, Ed. Xerach, La Laguna, 1993.

León Felipe, B. " Música y poesía. A propósito de Cosas de dioses de Ernesto Rodríguez Abad" en De las Artes y de Letras canarias, núm. 73, El Día, 1 de Febrero de 2000.

Rodríguez Almodóvar, A. (..), en El árbol de las palabras, Altasur, (...)

La enciclopedia de la Literatura de Canarias, La Laguna, Centro de la Cultura Popular Canaria, 2007.