Había una vez un hombre flor.
Era extraño su medio cuerpo humano, su aroma vegetal.
Cuando estaba feliz, sonreía con un movimiento de pétalos alocados.
Cuando estaba triste dejaba caer las gotas de rocío por su tronco hasta el suelo.
Nadie lo quería. Era extraño.
Nadie le hablaba. No iba a entender nada.
Él caminaba solo por las madrugadas en las ciudades silenciosas.
Cuando amanecía un aroma dulzón y alegre había impregnado los muros, las azoteas grises, las calles sombrías.
Aquellos días la gente caminaba más alegre, miraba al cielo y luego saludaban a los vecinos con una sonrisa. Los colores brillaban, las palabras eran luminosas, los corazones palpitaban al ritmo de la música.
El hombre flor seguía su camino. Dejando atrás el olor de la felicidad. Solitario buscador de ciudades opacas.
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